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lunes, 20 de julio de 2009

Volando a nuevos rumbos...



Tengo visa hasta agosto de 2011. Es decir, dos años y puchito. Un tiempo corto para muchas cosas y largo en otras tantas. Obviamente, cuando en el pasaporte dice que tienes permiso de estancia hasta esa fecha, descanso un poquito. Por ahora no me preocuparé por visa por un buen tiempo, así como por el examen de inglés IELTS, pues ya tengo la nota que se pide (6.5) para ingresar a la Universidad. Una leve sonrisa sale de mi rostro.

Hace algunos días celebré mis 32 años. Era mi primer cumpleaños fuera de Colombia y quería hacer algo especial con la tropa de amigos que he conocido aquí. La actividad escogida fue realizar un BBQ, pues es algo que los australianos hacen para reunirse con sus amigos, departir un rato, tomar algunas cervezas y comer carne en cantidades alarmantes. Estos BBQ se hacen en la playa por lo general, en unos asadores que ya están instalados allí. El acceso a ellos es gratuito. Lo único que se debe hacer es recoger el “reguero” una vez se termina, y dejar todo limpio.

Pues bien, armé el evento por Facebook e invité a todas las personas que han tenido alguna cercanía conmigo; incluso invité simbólicamente a mis amigos en el país, para que hicieran presencia virtual al menos. Envié las invitaciones y listo. Sólo era cuestión de esperar. El día seleccionado había sido el domingo 14 de junio. Me aseguré de que mi cumpleaños cayera domingo para que las personas pudieran asistir, salvo aquellas que no tienen ni un domingo para descansar.

EL día había llegado. Con mi compañero de cuarto hicimos las compras respectivas: Aproximadamente 12.37 kilos de carne, entre canguro, cerdo, pollo y res. Papas en paquete, mantequilla, aceite, gaseosa; galletas para el postre y utensilios desechables de cocina: servilletas, cubiertos, etc.

El día había amanecido oscuro y se pronosticaba lluvia a la lata. Y todo esto sumando al frío pues parecía que iría a dañar la fiesta. Sin embargo, los ánimos estaban calientes entonces tomamos la ruta 377 rumbo a la playa de Maroubra.

Luego de 23 minutos de viaje llegamos. Lamentablemente el día había empeorado y las primeras gotas de lluvia se asomaban; y al mirar arriba, daba terror ver ese cielo tan oscuro. La playa estaba casi sola, apenas se distinguían dos familias haciendo BBQ y un par de atrevidos surfistas sumergidos entre las olas en medio de ese frío tan indescriptible.

Aún así conseguimos con Juan un BBQ disponible, ubicamos el mercado y nos sentamos a esperar. EL reloj marcaba aproximadamente las 12:58 p.m. El encuentro estaba programado para la una de la tarde, entonces era cuestión de segundos para que aparecieran los primeros invitados. Pasaron algunos minutos y no llegaban los invitados. Me dije – bueno, colombianos y latinos, siempre llegando retrasados. Esperemos otros minutos – Las gotas de lluvia comenzaron a caer más rápido. Mientras tanto hablaba con Juan para matar el tiempo. Luego de 32 minutos de esperar llegó la primera pregunta: - ¿Será que nadie va a venir?, esperemos otro ratico- El clima había empeorado, aunque aún se podía cocinar.

Entró la primera llamada. ¿Dónde está?, - al otro lado del teléfono me preguntaban- . – Estoy en Bogotá, echado en el parque de la 93 rascándome la barriga, so gran idiota!!. ¿Pues dónde voy a estar? En Maroubra, esperando como una güeva a que aparezcan-. Las siguientes llamadas fueron igual de productivas, porque desde que se inventaron las excusas hace algunos años -cuando Eva le dijo a Adán que había mordido la manzana porque estaba a dieta-, todo el mundo queda bien. Que está lloviendo, que el pico y placa, que me dejó el bus, que Maroubra queda en la porra, que no avisé, que me quedé dormida, que hoy tengo dos oficinas para limpiar, en fin… excusas, excusas y más excusas.

Con todo ese cargamento de carne, decidimos cocinar para los dos, pues 58 minutos después era demasiado evidente que nadie iba a aparecer. Pusimos en el asador unas salchichas, las cuales fueron adobadas con gotas de lluvia, debido a que la llovizna era bien cansona, leve, pero persistente.

Varios minutos después teníamos el almuerzo listo; destapamos papas en paquete, cola (homebrand) y sale. Al destapar el paquete de papas, aparecieron unas amigas inesperadas, dispuestas a cantarme el cumpleaños por algunas migajas. A ellas no les importó mucho que estuviera lloviendo, así que aparecieron en manada para celebrar. Eras mis nuevas e incondicionales amigas: Las gaviotas.

Estos dulces y desinteresados animalitos no lo pueden ver a uno mordiéndose la lengua en la playa o en lugares cercanos al mar, pues aparecen a “goterear” trozos de comida. En algunos restaurantes o locales de comida les piden a los clientes no alimentarlos, pues aunque apenas una esté haciendo carita de hambre, no es sino lanzarle una papita frita, y en segundos aparece la manada, incluidas sus primas las palomas; aunque tengo la impresión de que estas viven agarradas entre ellas.

Bueno pues con ellas celebré. Apagué mi celular y me dispuse a comer. Luego de tremenda comelona, regresé al apartamento a ver una película y ya. Eso fue todo. Nada parecido a lo planeado.

Resumiendo un poco me inquieta a veces que aquí uno se quiera reunir con los amigos para compartir un rato, pero por lo general las circunstancias climáticas, laborales, económicas, familiares o demás impiden que se lleven a cabo a feliz término.

En muchas ocasiones los horarios laborales no cuadran, pues en muchos casos ninguna de las personas cercanas tiene horario de oficina. Y me atrevería a decir que al principio de la estadía en Australia, eso no existe. Amigos que comienzan su jornada a las tres de la mañana, terminan a las ocho; van a la escuela de nueve de la mañana a tres de la tarde y a las cinco tienen otro trabajo y van hasta las diez, media noche o entrada la madrugada. Muchos también incluyen en sus jornadas los fines de semana.

Así ¿cuándo hay tiempo para estar reunidos?. Entiendo que uno debe velar por uno mismo, buscar la platica y sobrevivir mientras logra “engancharse” en el engranaje australiano, proceso que toma su tiempo… y largo; pero me preocupa pensar que aquí las personas se encierran en su vida misma, aprenden su rutina de cada día, de cada hora y de cada minuto. A las 6:08 minutos Juan ya sabe que pasa su tren para llegar a su siguiente trabajo; a las 7:28 a.m. Marcela sabe que el bus 373 llega al paradero de Museum en Elizabeth Street para llevarla a la escuela; a las 8:02 p.m. comienzan los Simpsons por TEN. Todo es medido, si te pasas un minuto puede ser la gran diferencia.

También tengo la leve sospecha de que el clima influye en el estado de ánimo de las personas. Estamos en pleno invierno y a veces no dan ganas de hacer pero nada. Ni escribir. Diossss!!, en esta crónica tan corta me he gastado tanto tiempo. En esta temporada un día es muy corto; los primeros rayos de luz asoman casi a las 6:53 a.m y a las 4:49 p.m. ya es casi de noche. Las temperaturas son muy bajas en las madrugadas, y aunque a medio día el sol puede calentarte, una brisita esquinera te congela hasta la sonrisa. Antes de venir sí me habían dicho que la mejor temporada para llegar a Australia era cualquier parte del año menos en el invierno; y en parte tienen razón.

Hay cosas que son interesantes siendo frías: La cerveza, los helados, la avena y las pastillas para la garganta. Pero hay otras que definitivamente aburren siendo frías: La economía, el mar, la brisa, el ánimo y las mujeres.

A la conquista!!!

domingo, 31 de mayo de 2009

Sí, buenas, para lo de la visa...


Hace unos días en la mañana puse a cargar mi teléfono celular. Aquí los teléfonos se descargan muy rápido, pues se usan para escuchar música, navegar en internet, enviar correos, tomar fotos, usar GPS, ahh y claro, llamar. Bueno, en esas estaba, y apenas conectaba el cargador cuando entró una llamada.

Miro el número y dice “Número privado”. Contesto. ¿Yes?.

-Can I speak with Quintero Berrio Luis Eduardo, please?-. Escucho. La voz no tenía un acento muy australiano y era fácil de entender. Tenía la leve ilusión de que fuera de una tienda de artículos electrónicos en la cual había dejado mi hoja de vida No. 146 el día anterior.

Pues no. El señor que me llamaba era de la oficina de inmigración. Resumo la primera parte de la conversación:

¿Luchito?, tonces mijo. ¿Cómo va la vida en Australia? ¿Todo al peluche?. Qué bien. ¿Ya se tomó la foto obligada con el Koala en el zoológico?, o si no, la foto en el Opera House?. ¿Cuándo es que va a comenzar su blog en inglés?. ¿Y las australianas? ¿Lindas, no? Bueno, mucha labia con ellas y buen inglés mijo.

Hasta este momento todo era felicidad en la conversación. Luego me preguntó sobre mi estatus actual y qué planes tenía. Le dije que andaba de vacaciones y esperando para comenzar a estudiar en julio. El hombre me dijo que había un problema (El primero de lo que se me venía encima). Me dijo que los estudiantes no pueden dejar pasar más de dos meses entre curso y curso, y yo tendría cuatro meses libres. –Necesita ponerse a estudiar algo-, me sugirió. Una opción era tomar un curso de inglés de un mes y luego entrar a hacer el Diploma en Multimedia. El hombre me dijo que necesitaba solucionar eso. Que luego me enviaba los demás “requisitos” al correo electrónico. Que le llevara los documentos cuando los tuviera listos y eso era todo. Yo dije – Ahhh no, pero si es breve la vuelta.-

Al instante de colgar revisé mi correo electrónico, y copio a continuación una parte del mismo:

… “In order to make a decision on the application, you must provide the
following documents:

• Evidence that you client have sufficient funds to support yourself
and all family members during your stay in Australia.

Funds must be held in an account for more than 3 months.
Please note that statements or letters need to be dated no more than 4
weeks before you lodged this application.

You are required to show that you have $30,000.00 AUD”…

Upaaaaaaaaaaa ¿pero qué? Who order chicken? Ese correo me dejó frío, cansado, ojeroso y sin ilusiones. Lo curioso es que NUNCA pensé que me fueran a pedir tanto. Como diría una de mis amigas asiáticas: La cosa estaba peluda.

Lo que resume el correo es que para que inmigración me dé una visa por dos años debo tener disponibles 30.000 dólares australianos en una cuenta. Y deben haber estado ahí por lo menos por tres meses. El único que conozco o que conocía que tenía dinero guardado y no a tres sino a seis meses era David Murcia Guzmán, pero al hombre lo pelaron. Entonces, ¿de dónde iba a sacar esos fondos?.

Siendo honesto, me vi en Bogotá. Pero no; decidí pensar a ver cómo lograba reunir el dinero. Conté mis monedas que tengo en un tarrito de galletas de Juan Váldez: 154.45 dólares. Sumado a mi trabajo de repartidor de periódicos, más otros ingresos; más lo que hay en el colchón; y otros billetes que encontré en un pantalón y en una chaqueta. Pues sumado todo no llegaba ni a 3.000 dólares. Pucha!!! Nuevamente me vi en Bogotá.

Intenté otra cosa. Llamé a una amiga quien me asesoró con inmigración. Le conté el caso y me dice – cosa que no me había dicho antes – Ayy Luchito es que tú quedaste en nivel tres. ¿¿??. Es decir???? Bueno, voy entendiendo que hay diferentes niveles, y según éstos, a uno le piden más o menos plata y documentos. Hago una analogía: Para el nivel uno piden tres tapas contramarcadas de Coca Cola con el sello “Visa a Australia”; y para nivel seis, que creo es el último, usted debe tener avión privado para llegar a Sydney.

Mi amiga de la agencia me decía que era imposible cambiar los requisitos exigidos. Que la única opción es retirar la aplicación y hacer otra para quedar en nivel dos, donde piden menos cosas. Pues hacer eso me cuesta otros 500 AUD de una nueva solicitud. ¿Qué más has pensado?, me preguntaba. Le dije, bueno ir y negociar. Aquí esa opción existe; es decir, por lo menos aquí en inmigración lo escuchan, y le dan el chance de 28 días para reunir los documentos y los fondos que piden. Entonces gasté las siguientes tres horas y cuarenta y dos minutos en buscar opciones. Llamé a Bogotá a los socios, hablé con mi jefe – sí, el de los periódicos- y con un par de amigos aquí.

Luego de meditar el asunto conmigo mismo, con la almohada, el pato de peluche y un vaso de Cola, me dije: Voy a hacer hasta donde esté a mi alcance. Iré a decirle al agente de inmigración lo siguiente:

Estimado señor, En realidad quiero quedarme. Aunque ya me defiendo mejor con inglés, necesito profundizarlo mejor y, además, el curso que haré tiene mucho que ver con mi área profesional. Si usted me pide 30.000 AUD para eso, pues debo decirle que no los tengo. Tengo en una cuenta ahorrados 10.000 AUD, más un amigo que es mi soporte en Colombia con un par de tarjetas de crédito y, además, tengo un trabajo aquí en Sydney, el cual es fijo, y me permite reunir 1200 dólares al mes. Quiero y deseo quedarme legalmente, trabajar y pagar los impuestos necesarios y en un futuro aportar mi conocimiento para que este país crezca. Luego me retiro en silencio. Así, cual película de drama cuando hay un silencio eterno. ¿Muy arriesgado?

En realidad no tengo más opciones, y creo que el agente debe de otorgarme la visa, pues todo lo que le diré estará soportado en documentos y constancias. Y si ser sincero me costará que me sea negada la visa, pues me iré. No sin antes agradecer a este país todo lo que me enseñó, que en tan poco tiempo, fue bastante – Espero que esto último no pase –


Me dieron 28 días para reunir todo; han pasado tres…

Y usted ¿qué haría?


A la conquista!!!

viernes, 3 de octubre de 2008

Llegando al talón del mundo...




















Bueno, bueno. Continuamos. En estos países el mundo gira súper rápido y no quisiera atrasarme, pues hay tanto para contar y tan poco espacio.

La salida de Buenos Aires fue tranquila. Aunque estaba bien cansado por el día tan movido, en el avión me tomó el sueño por sorpresa y caí redondito. La silla del avión estaba muy cómoda y con la almohadita que me regalaron para el cuello descansé muy bien. Eso sí, antes de dormir pasaron repartiendo una cena y a comer se dijo, porque en algo hay que recuperar lo invertido en el tiquete, ja!; así sea con la comida. No acababa uno de comer cuando entraba la mañana y lo despertaban con el desayuno del avión.

En este momento aprovechaban el tiempo las personas para estirarse, salir a caminar y desperezarse. El plan era ir de lado a lado al avión, hasta antes de la primera clase. Allá no dejaban entrar ni pagando. Aunque tras las cortinitas se veía que es lo mismo, salvo que las sillas son más grandecitas, y el precio también es un poco más “grandecito”.

Continuando la mañana, comenzaron a exhibir unas películas en las pantallas de avión; este dispone de dos pantallas grandes y dos pequeñas. Eso sí, las cintas algo viejitas me recordaron los viajes en Libertadores directo Bogotá, cuando nos presentaban los enlatados de Vicente Fernández como “El mero macho en la ley del monte” y demás.

Desde este punto se podía observar por la ventanilla del avión hacía abajo solo hielo y hielo, al parecer atravesábamos el polo sur, pues el avión viaja por debajo, y con el cielo despejado se alcanza a notar este paisaje. Luego mar y mar; y varias horas después, mar. Como dijo el piloto, luego de 13:45 minutos de vuelo nos aproximábamos a aterrizar en Auckland, una de las ciudades más pobladas de Nueva Zelanda. Antes de aterrizar y cuando el avión ingresa sobre la superficie terrestre todo se ve igual; es decir se ve como si uno sobrevolara la sabana de Bogotá o la ciudad de Quito. Aquí es cuando me cuestiono: en realidad desde arriba todos somos iguales. Se alcanza a divisar una finquita con su campesino arreando las vacas, como sucede en Chía, Lima o en Buenos Aires. Qué bacano que todo fuera así, todos iguales sin estar matándonos por diferencias políticas, sociales, económicas, de religión y demás.

El piloto anuncia en los dos idiomas la llegada a Auckland. Aterriza el avión y el piloto solicita que ningún pasajero se levante hasta que el avión no se detenga completamente y esté sobre la plataforma. Obviando estas recomendaciones varios pasajeros se levantan y comienzan a descargar su equipaje de mano, cuando se escucha nuevamente la voz del piloto, algo rabón: “Se les recuerda a los pasajeros que NO deben levantarse de sus asientos, no solo por seguridad, sino por RESPETO a los demás pasajeros.” Todos se sentaron, juiciositos y calladitos. Estaba medio molesto el hombre, como para decirle “Ey, si le da rabia, pa qué se emput..%&$(“

Qué aeropuerto el de Nueva Zelanda. En realidad uno queda atónito, no sé si porque solo vemos el Dorado o uno que otro cerquita – hablo en mi caso personal – pero es que parecía un centro comercial, con alfombra incluida. Varios pasajeros debían tomar conexiones y por la demora en Argentina estaban apurados. A ellos los esperaban con carritos de golf para llevarlos a su conexión a toda máquina. Y cual ambulancia del seguro social salen pitando por todo el ingreso al aeropuerto para hacer las conexiones respectivas.

En Auckland hicimos escala de una hora. Para matar el tiempo prendí la laptop para conectarme a internet. Había gran cantidad de redes inalámbricas. Todas con conexión segura. Busqué la del aeropuerto y logré conectarme; pero oh sorpresa!: aquí todo es pagando. Ingrese su número de tarjeta de crédito y a navegar. Entonces… mmmm.. qué hacer. Ni modo, a morderme el codo. Porque de navegar gratis en el Dorado a venir aquí a pagar, nanay nanay!!!! Bueno, pero comenzaría a acostumbrarme.




















Una vez ubicados en la sala de espera, observa uno personas de todo el mundo. La que más me llamo la atención fue una señora de unos 50 años, creo que era musulmana, de alguno de esos países donde la cultura permite la represión contra las mujeres. Esta señora, vestida toda de negro, tan solo dejaba entre ver sus ojos. Aquí entiendo el dicho de “cría fama y échate a dormir”. Al verla, no pude evitar pensar “Uy Dios, ahora en pleno vuelo sale esta señora, se quita la ropa, está en vuelta en dinamita y comienza a gritar: JALA MAJALA HALA MAJALA MEKE JILA BUM…. VIVA ALA” y PUM!!!! Detona esos tacos de dinamita y adiós vuelo de Aerolíneas Argentinas. Gracias por volar con nosotros. Qué susto. En realidad me compadecí de ella porque está tapada hasta el alma y con este calor que hace aquí.

Salimos de Auckland con destino a Sydney. Aproximadamente fueron cuatro horas de vuelo. El tiempo que se le hace uno eterno es el final. La última horita es desesperante, pues uno ve en una pantalla como va el avión acercándose, pero parece como si estuviera quieto, sin avanzar.

Antes de llegar a Sydney, muestran un video –parece hecho por Óscar Rivera- donde nos dan la bienvenida a Australia. También advierten sobre las cosas que traen los pasajeros. Incluso si uno se puso unas botas y piso tierra en otro país, debe avisar a las autoridades. Lo mismo que drogas, comida, etc. Aquí lo mejor es declarar todo, hasta poemas. Yo anoté que traía drogas – no, de esas no - , unas medicinas personales y otras para una amiga, entonces pasé sin problemas. En inmigración sólo me pidieron el certificado de la vacuna de la fiebre amarilla. Aquí me propuse comenzar a soltar la lengua con el inglés: “ This one?”, “Yes” respondió el agente de inmigración. Estampó el sello, me miró y dijo: “Next please”. Señoressssssssssssssssssss estaba adentro!!!!!!!!!




















Ahora a recoger las maletas. Allí pasan varias guardias, con labradores oliendo todo. Luego, una señora me dice en inglés que si la droga que reporté era medicina personal; le dije que sí y me dejó pasar. El último escáner para las maletas y listo; oficialmente estaba en Sydney, Australia.

En la puerta de llegada de vuelos internacionales me encontré con Juan Camilo. Abrazo del oso y bienvenida. Luego, a buscar la dirección en donde me alojaría los primeros días. Le dije: “Cojamos un taxi y vámonos, estoy rendido”. Cuando me dijo el promedio del costo de un taxi dije: “mmmm ok, vámonos en metro”…


Continuará…

miércoles, 1 de octubre de 2008

Estancia en tierras gauchas.

Bueno retomando nuestras líneas. He llegado a Buenos Aires. Allí me alojé en un hostal cercano al centro de la ciudad. Es ideal para personas que hacen escalas o son todo terreno, pues es lleno de extranjeros, ambiente familiar y “atendido por su propietario”.

Claro, no todo fue de película. Llegué como a las 10:00 a.m. y el check-in comenzaba a las tres de la tarde. Con ganas de una ducha me dejaron, y por lo menos, me guardaron las maletotas, mientras me fui a dar una vuelta por los alrededores. En Buenos Aires cada calle, avenida o trocha tiene un nombre, por lo que, con mapita en mano,

es fácil ubicarse.

Entonces a visitar la casa rosada, el obelisco, la plaza 9 de mayo, y demás. Ésta es una impresión muy personal, pero aunque se ven cosas bonitas, en especial la arquitectura, vi lugares muy desordenados – vendedores, trancones, volantes,-. Hice las preguntas respectivas y me dicen algunos que doña Cristina está dejando caer Buenos Aires; lo lamento si así es.

De regreso al hotel me he encontrado con un colombiano. Saludo de mano, con abrazo de oso incluido. Aquí la gente se une con su gente; intuyo que así será en todos los países. Él, médico joven, estaba de vacas por tierras gauchas. Me presentó a dos brasileras, una de ellas muy “churrita ala”. Ellas practicando el español y yo el portugués, del cual solo sé decir jogo bonito, por aquello del comercial de nike. Al segundo

día nos fuimos en tren para un sitio denominado el Delta. Allí se unen varios ríos y dan paseos en ferry o lanchas rápidas. Es a una hora de camino desde la estación central de trenes. Y los trenecillos bonitos pero con una mano de pueblo que me hace pensar ¿por qué la gente critica tanto transmilenio?. Vengan y se dan una vueltica en este tren.

Luego del paseo en lancha, terminamos en un parque de diversiones. Había una montaña rusa bastante intimidante y allá nos metimos. Cómo sería esta montañita, que un par de turnos antes la cerraron por unos 15 minutos por una “emergencia estomacal” de uno de sus usuarios. El pobre no aguantó el ritmo y dejó su huella – guasqueada que llaman- en alguno de los asientos. Una vez montados, pues a volar!!!!! Y avemaría qué vértigo tan bravo! Apenas dura un minuto larguito, pero uno siente que son horas y horas de vueltas y empujones. Cuando nos b

ajamos, aquellas dos brasileras no nos querían ni ver. Una llorando y la otra en shock sólo atinaron a decir en un español entendible : NUNCA MÁS!!!!

A Alejandro, el otro colombiano compañero de aventuras, también lo golpeó la montaña y salió rebotado. En fin a todos nos pegó durito ese animalito.

De regreso al hotel, comenzaron las despedidas respectivas, y bueno según las brasileras los colombianos somos muy decentes, caballeros, amables y estaban felices con nosotros. Claro, también con los

argentinos, según ellas pues el casting estaba la locura; Así que colombianas, por aquí hay mercado de sobra y con ese acento pues… por el lado de las argentinas, no sé si se escondieron, porque vi una que otra, aunque el acento sí es influyente.

El abrazo de oso llegó a media noche al hotel, no sin antes dejarles un par de chocolates como recuerdo. Ellas se quedaban y yo arrancaba rumbo a Ezeiza. Nos despedimos con un gran abrazo, beso y tarareando: No llores por mí Argentina. Adiós Buenos Aires y adiós América.

El taxista que me llevó a Ezeiza, todo un bacán. No como el de la llegada, hablamos un rato de lo bueno y lo malo de Argentina. Quién mejor que un taxista para hablar de su ciudad. Me explicó cómo era la Buenos Aires de antes, y cómo estaba ahora. Hasta de doña Cristina me habló.

Siendo la 1 a.m. llegamos a Ezeiza, me registré y todo normal. Esperando el vuelo para dejar América. El cansancio mostraba sus dientes y no veía la hora de estar sentado en ese avión. Para destacar, a un pasajero le quitaron varios productos de mano líquidos de su equipaje de mano y comenzó a tirarlos contra el piso; ent

ró en cólera. Todos pensábamos: Leíste las instrucciones boludooooooooooo! Parece ser que no lo dejaron subir al avión porque no lo vi adentro, y qué peligro un man de estos. Mínimo se molesta porque no hay papel en el baño del avión y va a coger a patadas al piloto.

El avioncito, un Airbus A-340, estaba como nuevo, bañadito, oliendo a bonito y bien arregladito. Allí esperaba comenzar a practicar otro idioma con mi pasajero de al lado, pero ¡Oh sorpresa!, era colombiano, de Bucaramanga; bueno, aprendí a decir ole, toche y pingo.

En pleno carreteo y con ganas de dormir el avión fue devuelto por una “falla técnica”. Ahí nos tuvieron como dos horas. Después de la larga espera: A volar!!!!!!!

Continuará…

domingo, 28 de septiembre de 2008

De Bogotá salí un día…






Aquí estoy, no tengo ni la menor idea de dónde voy. Estoy montando en un avión de Aerolíneas Argentinas rumbo a Sydney. A un nuevo mundo, a una nueva vida y a un nuevo futuro.

En este momento son las 10:20 de la mañana del día 27 de septiembre, en Colombia; 12:20 p.m. hora Argentina; y 1:20 a.m, del 28 en la hora de Sydney. Aproximadamente, llevamos 8 horas de vuelo, y según cálculos del piloto, en 5 más estaremos en Auclkand, Nueva Zelanda para una escala.

Bueno, todo esto comenzó hace un año en un bar de la calle 82, con mi amigo Juan Camilo planeamos este viaje. Nos pusimos como meta un año para hacerlo y gracias al tigre que hay dentro de nosotros lo hicimos. Obviamente, de manera directa o indirecta muchas personas participaron en la realización de esto.

Es que ni aún lo creo, pero eso me demuestra tres cosas: La primera, nada en la vida es imposible; la segunda, todo en está en la mente, quién piense que todo es malo, así le irá, y quien le ordene a la mente conseguir algo, ésta trabajará por ello; y la tercera, que las personas que viajan en primera clase en un avión, les dan todo de primero. Incluso, son los primeros en darse contra el cerro, si el avión se cae. Por eso no es bueno a veces, ser el primero en todo. ¡Así es la vida¡

Bueno la salida de Colombia fue sencilla. Alguna nostalgia por dejar el país, y la familia. Pero siempre que sea para mejorar, pues ADELANTE. Esperaba montarme en el super avión, cuando veo esta navecita, - era más grande un cebollero de la antigua caracas - . El vuelo salió una hora tarde y nos transportaron hasta el avión en un alimentador. ¡De transmilenio!. No sabía que ya llegaba hasta El Dorado. El avión por dentro bien regularcito. Me recordó las épocas de las laticas de Aerorepública que parecían busetas con alas.

Salimos de Bogotá, una hora tarde, y con más de la mitad de las sillas sin ocupar, lo que me permitió armar una camita temporal, no sin antes tomar la respectiva clase de cómo usar el cinturón, cómo usar el flotador, cómo usar las salidas de emergencia, en sus respectivos idiomas. En español, bien; pero el inglés que manejan las azafatas es algo cómico.



No sé si cuando van a hablarlo se ponen una papa en la boca para sonar más play. Algo como “laidissss and yentlemassss, güelcomm tu de flaigt namber XX from Aerolineashhhh aryentinassshhhh pibe….” En realidad, aunque son normas internacionales de la aviación deberían resumir: “Señoras y señores en caso de emergencia, por favor conserve la calma. Cuando esté calmado, corra por su vida” , “Ladies and gentlemans, in case of emergency, please be quite, calm down, when you are, runnnnnnn parceritooooooooooooooooo” El avión hizo escala en Lima. Para cambio de tripulación, y subir más gente. Me pregunto cómo será el diálogo de los pilotos cuando se cambia la tripulación:

Piloto que entra: Ey pibe.. ¿cómo vas boludo?
Piloto que sale: che pibe. Ahí te dejo la nave tanqueadita y lavadita.
Piloto que entra: Como la sentiste
Piloto que sale: Bien, de pronto tenés que embragar bien para encenderlo. Ese clutch hay que cambiarlo pronto. Y no olvidés mirar los niveles de agua y aceite. Eso sí, ya te llené el jaboncito líquido para el limpia brisas.
Piloto que entra: Buena, pibe. Sos grande. Y el tràfico?
Piloto que sale: Bueno qué te puedo decir. Normal. Saliendo de Bogotá, algunos trancones. Vos sabes cómo es allá. Trancones hasta para ir al baño.
Piloto que entra: Grassshias. Sos un mounstruo. Pasame las llaves.
Piloto que sale: Tomá. Llévatelo rápido porque lo dejé parqueado en zona prohibida, y pasá la grúa y te joden estos pibes. Y con lo complicado que ese sacar un avión de los patios.
Piloto que entra: Bueno pie, gracias. Vuelo entonces.




Llegamos a Buenos Aires en la mañana del 25 como a eso de las 8:00 a.m. Dicen que un Aeropuerto refleja el orden de una ciudad, y el de Ezeiza lo vi como regularcito, aunque parece ser que lo están remodelando como El Dorado.

Allí, me esperaba un taxi de los llamados remises, que son quienes entran gente a la Capital Federal. Pero este conductor era más seco que un pan francés. El man me ve llegando con tres maletas y solo atina a decirme,” seguime”.

Caminamos como unas 3 cuadras y yo con las maletas y el man adelante, como si nada. Boludo!!!!!! Bueno subimos al taxi y rumbo al centro de la Ciudad, a unos 30 km. Muy buenas carreteras, pero también bastantes trancones. Llegamos al centro al Hostal el Firulete, cuya entrada parece todo menos hostal.

Timbro y me dicen:
¿Sí?.
Buenas, tengo una reserva.
¿Nombre?
Luis Eduardo Quintero

Subí Y me toca subir como 30 escaleras, con maletas y todo. No había nadie que me ayudara. ¿Dónde me he metido? Y comenzaron las sorpresas.

Continuará…